viernes, mayo 23, 2008

Un barquito de cáscara de nuez

No han cesado los ecos del secuestro del barco vasco en la costa de Somalia cuando nos llegan noticias de un nuevo secuestro de occidentales, esta vez cooperantes italianos, en el mismo país. Las explicaciones de los Mass Media son siempre tan simplistas que el análisis se reduce a calificar a los secuestradores como piratas y reclamar a los gobiernos el envío del apoyo militar necesario para que situaciones como estas no se vuelvan a repetir. La imagen del secuestrador es la del tipo desordenado, gobernado por un ansia de salir de la pobreza y un estigma de vida violenta. La lógica, entonces, es la de la piedad, porque son tan pobres, y la indignación, porque son tan salvajes.

Pero nadie se para a leer qué significan todos estos secuestros. Ni siquiera se para a pensar que el secuestro de las dos cooperantes españolas y una argentina a comienzos de este año quizás tenga algo que ver con el secuestro del pesquero vasco. Más allá de la nacionalidad de los secuestradores, dato irremediablemente señalado con la más mínima excusa.

Analizando el secuestro pesquero podemos observar que el gobierno español se decidió por pagar el secuestro. Qué hacer, sino, ante tal cúmulo de salvajismo acumulado. No se puede negociar con quien no entiende los términos de la negociación, de la ley y de la vida civilizada.

Por eso no se negocia con ellos, los secuestradores, ni se negocia allí donde ha habido el secuestro, Somalia. Las conversaciones mantenidas por los representantes del gobierno español tuvieron lugar en un céntrico hotel londinense de cinco estrellas. Como interlocutores, en el otro lado de la mesa, no estaban esos paradigmas de salvajes, sino el sumun de la civilización occidental: el equipo de abogados de uno de los bufetes más prestigiosos del Reino Unido. Al final la cosa no parecía tan rudimentaria ¿no? Y la escenificación de la escena seguro que no difería demasiado de la negociación de cualquier acuerdo compensación económica. “Miré, estas son nuestras tarifas”; “Pues es que con estas no me cuadra el presupuesto por culpa del capítulo quinto ¿no tienen precio amigo?”.

Somalia fue un país que tuvo la mala suerte de caer víctima de una guerra cruzada. La primera, originaria, creó el conflicto civil que masacró a la población y dio paso a la otra, el conflicto global. Como éste, Somalia no logró salir de ninguna de las dos y ahí se quedó, abandonada en mitad del océano sin nadie que negociara con sus secuestradores con un Hornimans en la mano derecha y el meñique levantado.

La guerra local dejó Somalia dividida en distintos grupos dirigidos por Señores de la Guerra y, cuando las tropas de la ONU se retiraron ante su incapacidad en el arte de la paz, al auxilio de éstos acudieron los otros elementos del régimen internacional: la delincuencia organizada. Proporcionándoles ayuda militar, los conglomerados de empresas y particulares obtienen a cambio un beneficio de los crímenes cometidos por estos ejércitos en miniatura.

Convertida en la oveja negra del sistema internacional, Somalia pasa por ser el único territorio de importancia en el mundo que no está controlado –en la medida de lo posible- por una entidad estatal. Sí existen figuras más o menos administrativas, como Somaliland, que a pesar de no contar con el reconocimiento internacional, tratan de ejercer las labores mínimas de un Estado y considerar su desarrollo político en el marco de unas fronteras políticas bien definidas. El resto del territorio queda abierto a la especulación y a la delincuencia, con una guerra civil de por medio y la paradigmática calificación de Estado Fallido.

Siendo una Tierra de Nadie, todo allí se puede obtener. Bien lo saben los pescadores vascos que allí faenaban cuando fueron secuestrados. Los caladeros de Somalia son unos de los más esquilmados del Océano Índico y reciben visitas de embarcaciones de todas partes del mundo que, sin pagar derechos de pesca por no haber Estado con quien firmar el Tratado, llenan su hucha lo antes posible sin importar leyes o normativas nacionales con el fin de subsanar la crisis de su mercado.

Somalia aparece como la respuesta a muchas de las situaciones de crisis que se viven hoy día. Es un lugar del común de las políticas internacionales que expresa el abandono al que, deliberadamente, se le ha sometido por parte de la Comunidad Internacional. Y de manera sistemática, a esta tierra por la que en su día se peleaba Mussolini para hacer de Italia un Imperio, se la reprocha su incapacidad para poner fin a la violencia.

A la población somalí se la criminaliza, culpabilizándola de su pobreza por culpa de una guerra de la que se la hace responsable. El Desarrollo, esa piedra filosofal, no se puede dar sin esa cosa que llaman Seguridad y a la que ahora parece que el pobre ha de encomendar su vida. Si eres pobre, el mundo no podrá soportarte porque el rico pensará que quieres tener lo que él tiene, que lo ansías y deseas con tal fuerza que arriesgarás lo poco que tengas con tal de agarrarlo con tus manos.

Ahora resulta que el pobre no es pobre porque haya ricos. Ni que existan, como bien decía Vázquez Montalbán, Países subdesarrollados porque existen Países subdesarrollantes. No. Ahora el pobre es pobre porque no tiene las condiciones de seguridad necesarias para poder dejar de ser pobre. Y cambia el objeto de la cooperación al desarrollo. Y la pacificación de las zonas a desarrollar se convierte en el foco principal del sistema internacional.

Sobre la base, trasciende una visión liberal de la Historia. Donde todos los Estados pueden alcanzar el mismo nivel de desarrollo –suponiendo la existencia de éste- bajo la batuta de unos principios económicos que, de no encajar con la pieza de la sociedad, se golpea y se golpea hasta que entre. No hay alternativa para los pobres salvo rendirse a lo evidente: que su pobreza viene dada por su condición moral y su tendencia al conflicto. Y no de la economía y la política de quienes viven por encima de sus posibilidades. No al revés, eso por supuesto.

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